Sostiene el comentarista taurino Paco Martínez que el bar y marisquería madrileña Sidney se llama así en homenaje al matador de novillos-toros estadounidense Sidney Franklin. Y aunque no hemos podido verificar el dato, la verdad es que todo concurre y todo concuerda, porque el edificio se inauguró en 1950, año en el que Franklin aún mantenía un buen cartel por las plazas, era abierto simpatizante del régimen, y mantenía varios negocios en Madrid y Sevilla. Por añadidura, el local está instalado en los bajos de un edificio que, sito en la esquina de las calles de Francisco Silvela y Cartagena, recuerda y mucho en su diseño al famoso Flatiron Building de la Quinta Avenida de Nueva York, lo que podría haber sido un guiño al torero nacido en Brooklyn.
Sea como fuere, la relación del personaje con España es larga y jugosa.
Nacido en 1903 como Sidney Frumkin y en el seno de una familia judía de origen ruso, a los 18 años tuvo un brutal desencuentro con su padre, oficial de policía y hombre violento, más que contrariado por las tendencias homosexuales que manifestaba su retoño, a quien hacia tiempo llamaba Nancy. El joven huyó a México.
Buen dibujante, empezó diseñando allí cartelería taurina y por esa vía conoció a Rodolfo Gaona, “el Califa de León”, una de las grandes figuras de la historia en “el arte de Cúchares”, inventor de la gaonera y del pase del centenario, que lo tomó como ayudante y finalmente lo introdujo en el oficio. Con esa formación de privilegio, debutó como novillero en México en 1923, y, poco después emprendió una gira por Panamá, Colombia y Portugal, que, en 1929, le llevó a España para debutar nada menos que en la Maestranza sevillana, donde salió a hombros por la Puerta del Príncipe. No sin antes, dicen los expertos, pagar de su propio pecunio una potente campaña mediática en la prensa local. En julio de ese año, ya lanzado, se presentó en Madrid, donde, acompañado por José García López, Maera II y Manuel Agüero Ereño, “Manolo Agüero”, logró colgar el cartel de “No hay billetes”. Fue por entonces cuando se hizo amigo del novelista estadounidense Ernest Hemingway, quien ya hacía acopio de información para la que sería su novela Muerte en la tarde, donde hace un retrato apasionado del diestro y compatriota: “… valiente con un sentido frío, sereno e inteligente (…) uno de los manipuladores del capote con más gracia, habilidad y suavidad de hoy en día (…) se encuentra entre los seis mejores matadores de España”. Una opinión escasamente compartida por la crítica especializada, que, no obstante, siempre ensalzaba su valor y coraje temerarios. Unos atributos que seguramente contribuyeron al espantoso cornalón que recibió en 1930. Cogida que estuvo a punto de acabar con su vida y que afectó al coxis, intestino grueso, recto y esfínter, lo que, dada su condición sexual más o menos oculta, hizo correr en cascada chistes de pésimo gusto, muchos de ellos promovidos por Hemingway.
El caso es que al año siguiente ya se encontraba en Nuevo Laredo, México, para tomar la alternativa de manos de Marcial Lalanda, el del pasodoble taurino por antonomasia e inventor del pase de la mariposa. Y al siguiente del siguiente, en 1932, aterrizaba en Hollywood para participar, como asesor y actor, la película The kid from Spain, dirigida por Leo McCarey y protagonizada por el entonces famosísimo Eddie Cantor. De aquellos y posteriores contactos con la que sería “Meca del Cine”, surgió una estrecha amistad con James Dean, fascinado por el Arte de Cúchares y quizá también, como, apunta la fotógrafa norteamericana Muriel Feiner en su libro ¡Torero!, los toros en el cine, por otras habilidades y atractivos de Sidney.
En 1937 volvería a España de la mano de su amigo Hemingway, nombrado corresponsal de la North American Newspaper Alliance para cubrir la guerra civil desde el bando leal. Instalado en el Hotel Florida de la madrileña Plaza de Callao, el novelista, que en 1954 sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura, destacaba tanto por su entusiasmo en defensa de la causa republicana, como por sus continuas juergas, excesos etílicos y capacidad para el acaparamiento en tiempos de extrema penuria. Así, el prestigioso historiador británico Paul Preston, escribe: “… fue afianzando su popularidad a base de sus inagotables reservas de panceta, huevos, café, tostadas con mermelada, y bebidas, entre otras whisky y ginebra, que almacenaba en su habitación del hotel Florida”. Parece que en este acopio y mucho más en el disfrute del mismo, fue figura clave el amigo Franklin, que a juicio de la escritora y periodista estadounidense Josephine Herbst, hospedada en el mismo hotel, actuaba: “… como un leal amigo y una especie de valet de chambre (…) debido en gran medida a sus dotes de gorrón”. No obstante, la complicidad en farras entre el escritor y el diestro se vio truncada por la animadversión frontal de la corresponsal estadounidense Marta Gellhorn, también huésped del Florida, cuya incipiente relación amorosa con Hemingway, aún casado con Pauline Marie Pfeiffer, destaparon las bombas fascistas y las subsiguientes carreras de ambos cogidos de la mano y en cueros vivos, en busca del sótano. Marta no podría soportar que el torero expresara sus simpatías hacia los sublevados franquistas y aún menos que las escapadas informativo-libidinosas del hombre que se convertiría en su marido en 1940, acabaran en un lecho con el torero.
Terminada la contienda, Franklin volvió a los Estados Unidos, donde su popularidad era tal que se editó un comic que glosaba su peripecia taurina, y se le invitó a impartir conferencias y cursos sobre su experiencia, en distintas instituciones. Con ese bagaje y a los cuarenta y dos años, volvió a España y tomó la alternativa en la plaza madrileña de Las Ventas, el 18 de julio de 1945 y de manos de Luis Gómez, “El Estudiante” y Emiliano de la Casa, “Morenito de Talavera”. Ese día, el semanario El Ruedo le dedicó reportaje y entrevista bajo el título Olé, Mr. Franklin.
Volvió a México y a Estados Unidos, donde, en 1952, se publicó Bullfighter Fron Brooklyn, un libro autobiográfico fantasioso y preñado de chuscos superlativos. Y después regresó a España, donde ya había empezado a ser persona poco grata. Sus claras simpatías hacía el régimen se veían enturbiadas al ser un hebreo en el contexto de un imaginario “contubernio judeo-masónico-comunista-internacional” y quizá aún más por su condición homosexual, un delito incluido en 1954 en la Ley de Vagos y Maleantes, que llevó a la creación de dos cárceles específicas para “invertidos”, en Huelva y Badajoz, y una Colonia Agrícola Penitenciaria en la isla de Fuerteventura, donde se aplicaban terapias de aversión, electroshock y lobotomías.
En ese siniestro ambiente el torero yanqui fue detenido, en 1957, por el anonadante delito de “registro ilegal de un vehículo”. En una apasionante novela negra publicada en 2021 con el título Estocada. Escándalo en la Gran Vía, el escritor madrileño Manuel Muñoz Molina hace referencia a un posible escándalo derivado de una relación entre el torero y el hijo de un alto cargo, noble y ministro de Franco, en el que acabó interviniendo la fontanería criminal del régimen. El caso es que el asunto se saldó con nueve meses en una cárcel sevillana, relativamente cómoda y sin riesgos.
Con la lección bien aprendida de que en la gloriosa España de Francisco Franco no había sitio para judíos maricones, volvió a su patria, donde, en 1976, terminó su vida en una residencia de ancianos y olvidado de todos. Hoy nos toca recordarlo como una víctima más de aquel ominoso y sangriento régimen.
En 1952 publicó su autobiografía con el título Bullfighter fron Brooklyn
En 2009 el cineasta especializado en documentales Bart Paul volvería sobre los rastros de la aparatosa vida de Sidney Franklin en una libro de título decimonónico: Double-edge Sword: The Many Lives of Hemingway’s Friend, the American Matador Sidney Franklin.