Peor de lo esperado. Esa es la impresión inicial con la que se interpreta el anuncio de “aranceles recíprocos” de la administración Trump. Además de un arancel básico del 10% a todos los países con la excepción de México y Canadá, hay un “arancel recíproco” del 50% del teóricamente soportado por las exportaciones norteamericanas a cada país.
Nadie en la administración ha explicado la naturaleza del cálculo, pero, aunque sea un absurdo, se explica de la forma siguiente: se lleva al numerador el déficit comercial de bienes que EE.UU. tiene con un país (supongamos 6 MM$) y se divide por el total de exportaciones de ese país a EE.UU. (supongamos 10 MM$), el resultado es 6/10= 60%. El arancel recíproco será este dividido por 2, es decir 30%. Quien tenga déficit con EE.UU., o la ratio sea menor, soportará el 10%. Este último no es negociable, los demás quizá.
LOS DATOS
El importe estimado de ingresos por aranceles es de 530 MM$, equivalente al 1.8% del PIB. Aplicado a otros importes, como el gasto en consumo, equivale al 8.4% o al 18% del PIB industrial. Manteniéndose todo lo demás constante, reduciría el déficit fiscal un 26%. Claro que nada de esto considera la respuesta que cabe esperar del resto del mundo.
Los menos afectados han sido México y Canadá protegidos por el “peor acuerdo comercial de la historia”, mientras que Asia enfrenta un arancel más alto de lo previsto: un 34% adicional a China sobre el 20% ya en vigor, mientras que la “puerta trasera asiática” enfrenta aranceles del 46% Vietnam, del 36% Taiwán y Tailandia, o del 32% Indonesia. Se anula la exención de aranceles de los “minimis”, transacciones de bajo importe que vuelven a estar afectas.
El arancel promedio ponderado por importaciones es el 18%, aunque puede ser 5 puntos más bajo si se consideran productos excluidos u otros sujetos a aranceles sectoriales como el acero, el aluminio, o los automóviles, o en productos que, como el cobre, la madera, o farmacéuticos podrán soportar nuevos aranceles sectoriales. En resumen, la impresión de que con el “día de la liberación” al menos lograríamos tener un panorama más despejado, nos deja la sensación de que seguimos más cerca del comienzo que del final.
LA REACCIÓN
Los mercados no lo han recibido bien. Muestran un reflejo que bascula hacia la recesión, mientras que aparentan despreocuparse del impacto en los precios. La curva de tipos del dólar ha incrementado ligeramente las apuestas por tres o cuatro recortes en lugar de dos. Difícil aventurar en este momento el grado de error, pero no parece fácil defender que tipos más bajos facilitarán atraer los enormes flujos de capital que EE.UU. precisa. Divisas como el peso mexicano o el dólar canadiense se aprecian frente al dólar, igual que lo hace el euro, justo lo contrario el yuan, que se deprecia con similar intensidad. Esto facilitará a las divisas que se aprecian bajar sus tipos (euro) y añade dificultades a las que se deprecian (dólar).
Una vez desatado el conflicto, conocida su inicial dimensión y considerando lo extremadamente complejo de racionalizar lo que subyace, no esperemos que la respuesta inicial de los mercados se reconduzca en un horizonte inmediato. La reacción al estallido del Covid fue bastante peor, pero aquí estamos ante un daño autoinfligido que nos recuerda a las tesis defendidas por el último premio Nobel de Economía en su obra “Por qué fracasan los países”.