Con
García Márquez desaparece no sólo el
último y mejor exponente del boom de
la literatura latinoamericana de los 60, sino la época de la Tricontinental, de
la OLAS y de la acción revolucionaria en aquel continente.
Cuando
lo conocí en 1975, Gabo se quejaba de
que los progres portugueses y
españoles apostasen por la democracia occidental en vez de hacer de la
Península Ibérica la "Cuba de Europa", como preconizaba entonces Saraiva de Carvalho.
Ahora,
en cambio, olvidadas ya las veleidades revolucionarias de entonces,
Iberoamérica tiende cada vez más hacia una socialdemocracia basada en el
desarrollo económico y el pluripartidismo político.
El
mundo de García Márquez ha cambiado, pues, como lo ha hecho el de su coetáneo,
el argelino Abdelaziz Bouteflika.
Cuando coincidí con él en 1973, era el más joven de los ministros de aquel FLN
de Ben Bella, primero, y de Boumedian, después. Aunque más vividor,
atildado y cosmopolita que ellos, él también creía en la revolución anti
occidental como receta para su país.
La
paradoja es que aquella revolución, sin saberlo sus autores, iba a desembocar inconsciente
e inexorablemente en un islamismo radical y excluyente. Por eso, hubo de ser el
propio Bouteflika, ahora ya viejo y achacoso, quien se enfrentase a aquella
deriva fundamentalista de Argelia.
La
coincidencia en el tiempo de la muerte del escritor y la reelección de un
presidente que ya ni sale de casa, evidencian ese final de ciclo y abren nuevas
expectativas en un mundo en el que el conflicto no es ya entre comunismo y
capitalismo, sino entre otros antagonistas: ¿nuevos nacionalismos frente al
orden establecido?, ¿extremismo religioso contra la sociedad laica y
democrática?
A
diferencia de las equivocadas certezas que tenían unos y otros hace medio
siglo, de lo único que ahora estamos seguros es de nuestra ignorancia ante los
conflictos que se avecinan.