La
verdad es que hemos entrado en 2013 con buen pie: bajada de la prima de riesgo,
subida del Ibex, caída estacional del desempleo, recomendación internacional
para que se vuelva a invertir en España...No está mal como soplo de ánimo
cuando desde el propio Gobierno acaban de anunciarnos que este año, al menos en
sus tres primeros trimestres, va a seguir siendo duro. Y, desde luego, no
conviene echar las campanas al vuelo solamente porque, de manera coyuntural, algunos
datos se hayan conjurado para darnos una alegría que es, por principio,
pasajera; aunque, por supuesto, más vale una sonrisa, aunque sea de rebaja de
enero, que el gesto avinagrado cuando todo se pone mal.
Ocurre,
y conste que no quiero aguar la fiesta a nadie, que el buen dato de la
disminución del desempleo se corresponde con un mes de diciembre que siempre es
favorable a la creación de ocupación, aunque esta vez hay que reconocer que lo
ha sido más que otros años inmediatamente anteriores; la bajada de la prima y
la subida de las bolsas tienen más que ver con el acuerdo para evitar el abismo
fiscal en Estados Unidos que con cualquier movimiento -inexistente, por lo
demás-de las autoridades nacionales. Y no todas las agencias de calificación
coinciden en dar buenas notas a la trayectoria española. Además,
analizando más a fondo la situación, hay datos preocupantes, como el desplome
en las ventas de coches o la mala situación de algunas empresas importantes.
A
mí lo que más me preocupa, no obstante, es la parálisis que se evidencia en la
toma de decisiones aquí y ahora. Vemos que los países punteros se mueven a
velocidad vertiginosa, toman medidas estructurales de calado y diseñan planes
políticos de enorme alcance, desde la Gran
Bretaña del referéndum escocés y sobre la permanencia en la UE hasta la Italia de las peripecias de
Mario Monti, pasando por la polémica fiscal en Estados Unidos o los 'ajustes'
de Francia. Alemania, con una política imaginativa y sin prejuicios, ha
cerrado 2012 con la cifra récord de empleo...
Lamento
decir que, en la España
del ombliguismo, las ocurrencias -que si subida de tasas, que si euro por
receta, que si subimos o bajamos la velocidad en las carreteras, que si...--
vienen sustituyendo a los planteamientos de fondo y los cambios-parche
suplantan al Cambio, con mayúscula, que cada vez reclama más gente. Y es que el
trayecto se traza con minúscula, como si cada ministerio tuviera, por separado,
que justificar su existencia. No puede ser, por ejemplo, que acuerdos de enorme
importancia, como una reforma de la Administración que merezca este calificativo, se
eternicen; como no puede ser que desde el interior de los partidos se boicotee
cualquier intento de acercamiento entre las grandes formaciones nacionales para
ultimar pactos de envergadura. Como no pueden retrasarse más la Ley del Emprendedor, ni la de la Unidad del Mercado, ni la
creación de una comisión que estudie otras grandes reformas legales
-incluyendo, hay que insistir, la de la Constitución--. Y
así, un largo etcétera, que no detallo para no hacer este artículo
interminable.
Por
supuesto, se han hecho muchas cosas, buena parte de ellas caminando, parece, en
la buena dirección. Pero no se ha disipado, en estos inicios de un año que será
clave en la vida colectiva, este nacional-pesimismo que se nos ha adherido al
alma como el olor del tabaco a nuestras ropas. Solamente con grandes zancadas
se podrá acabar con esta moral depresiva que nos aflige. Conste que no culpo de
todos los males en exclusiva a eso que se llama 'clase política', por muy chata
que esté siendo su actuación; la verdad es que eso otro a lo que calificamos,
por ensayar una clasificación, como 'sociedad civil', tampoco está dando de sí
todo lo que cabía esperar de ella, es decir, de nosotros mismos. Confiemos en
que este 2013, que con tan alentadoras cifras se ha estrenado, sea el año del
Gran Despertar. Brindo por eso.
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