Me reconozco un apasionado de las redes sociales, a las que
dedico tiempo y hasta, si se me permite, cariño: tengo más de quince mil
quinientos 'seguidores' -para lo que valga-en twitter y
cerré mi cuenta en Facebook al comprobar que mis cinco mil 'amigos'
-también para lo que valgan-- eran una barrera para seguir aumentando mi
cuota de participación en esta Red. Y cuando descubrí, claro está, otras cosas:
para qué utilizaban algunos y algunas las sugerencias de 'amistad',
y hasta qué punto ciertas personas son capaces de mancillar estas magníficas vías
de información y comunicación. Ahora, ha vuelto a ocurrir, y bien que siento
decirlo.
Respeto merece, creo, cualquier persona que fallece, estemos
de acuerdo o no en que la labor que haya realizado a su paso por la tierra haya
sido más o menos benéfica para el resto de la humanidad. Creo que a alguien
como
Emilio Botín se le pueden poner algunos reparos, qué duda cabe -como
a todos, comenzando por mí mismo--, pero tampoco puede decirse que fue un
hombre que pasó por el mundo sin comprometerse en una labor que ha tenido
trascendencia, que ha generado riqueza y puestos de trabajo y que mucho y bueno
ha servido para engrandecer la 'marca España', y confío en que no
considere usted que estoy haciendo un elogio interesado a alguien o por algo. Nunca
me entrevisté personalmente con Emilio Botín, pese al paisanaje y a ciertas,
lejanas, connotaciones familiares. Nunca le tuve una simpatía especial, ni había
razones para tenérsela. Pero a la persona que muere le buscábamos, al menos
hasta ahora, los pasos positivos: no por haber sido poderosa íbamos a negarle
esa parte buena que, en el fondo, a todos, y desde luego a Emilio Botín, nos
adorna.
Entiéndame usted: una cosa es la crítica fundada, una cosa
es la información fundamentada, una cosa es la opinión libre, pero razonada, y
otra cosa, muy distinta, es el francotirador que dispara sobre todo lo que se
mueve, sobre todo si el blanco es grande. Lo digo porque, en torno a la muerte
de uno de los personajes más influyentes del país, se ha generado una oleada de
especulaciones, rumores y maledicencias a las que, insisto en que siento
decirlo, algunas redes no han sido ajenas. Desinformación gratuita, mucha mala
uva e incluso injurias casi de Código Penal he podido leer estos días, cierto
que de la mano de algunas, pocas, gentes insignificantes por su anonimato no
muy valiente; lo que ocurre es que las redes amplifican la soledad del
escribidor de esos panfletos en ciento cuarenta caracteres, multiplicando ese
escrito, sin valor ni valentía, por cien mil. Y también sucede, porque está en
la naturaleza humana, que, cuanto más lejos se tire la piedra, más repercusión
tiene en las ondas del estanque, especialmente cuando la piedra se arroja a
mayor distancia de cualquier realidad. No permitamos, parece ser la norma tácita
de la especie 'lanzador de piedras dañinas', que la realidad nos
estropee un buen tweet.
Y, así, han vuelto algunos a matar, en a saber qué
circunstancias, a un banquero, de la misma manera que han divorciado a un
Rey
que abdicó. Quizá, convengamos, hubiesen sido necesarias más explicaciones
oficiales, ofrecer a la opinión pública esos detalles que calman la sed de
información. Pero que tales explicaciones no se den, argumentando que hay que
respetar la intimidad de la persona, sea Rey, banquero o tonadillera, no justifica
la condena a la infamia desde unas redes implacables en las que quienes dominan
son justicieros sin nombre y sin juicio. De esas redes, algunos días, estoy a
punto de darme de baja, sabiendo que después lo lamentaría.
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El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>>