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Opinion - Antonio Cova

Zimbabue

17-06-2009
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Ese es nuestro camino, presentar batalla siempre, no abandonar nunca el campo al enemigo

De todos los países africanos, sólo las colonias portuguesas compitieron con Nyassaland y las dos Rhodesias en ser las últimas en lograr su independencia. A Rhodesia del Sur, para el momento gobernada por una exigua minoría blanca -exitosos granjeros anglosajones, para más señas- le tocó tener que librar, por caminos, selvas y veredas, una verdadera guerra de independencia. En las otras dos, la batalla se libró en una mesa de negociaciones.

Aquellos granjeros -los mismos que habían logrado convertir a Rhodesia del Sur en el granero de esa región de África- no parecían dispuestos a entregar el país a la mayoría negra. Seguían el camino de sus vecinos sudafricanos, sólo que la relación numérica entre ellos hacía de esa batalla una causa perdida desde el comienzo.

Para 1980, el gobierno blanco, encabezado por Ian Smith, tiró la toalla y la guerrilla asumió el poder. Fue la apoteosis de Robert Mugabe, quien encabezaría aquel novel gobierno. A él parecía tocarle un papel similar al que tendría en la historia su vecino Nelson Mandela. Sólo había un pequeño detalle que hacía una gran diferencia: Mandela estaba hecho de otra fibra y siempre estuvo claro de su papel histórico. Mugabe no. No era más que un vulgar jefe civil, machetero y procaz, a quien muy pronto le quedaría grande el cargo y la responsabilidad histórica.

Lo curioso es que, en sus primeros años, el nuevo gobierno de Zimbabue como se le conocía ahora, llegó a un acuerdo con los granjeros que siempre le habían sido hostiles. Podrían seguir con sus cultivos, mientras ellos asumirían en solitario el gobierno. Tan exitoso fue el experimento que Zimbabue no tuvo problemas económicos por años, mientras aparecía a los ojos de aquel convulso continente como modelo de entente cordial.

Pero, como la cabra siempre tira pa'l monte, hace ya más de una década Mugabe comenzó a mostrar sus garras, y los aterradores efectos pronto comenzaron a verse. Procedió a la brutal confiscación, con aguda violencia física, de las fértiles granjas de los blancos; y, a pesar de que su régimen "decretó" la "inexistencia" de inflación, ésta ha llegado a ser histórica, logrando saltar los récords del Guiness. Ni que decir tienen que algunos de los países vecinos recibieron como lluvia de verano a estos arruinados exiliados, y hoy dan gracias por esa decisión.

Contra lo que muchos esperaban, sin embargo, comenzó a dibujarse una tímida oposición, conformada mayoritariamente por negros, a quienes se unieron muchos blancos que se resistían a emigrar. Quizás la más destacada figura de ese sentimiento opositor al régimen haya sido una zimbabuense que hace unos años se hizo del Nobel de Literatura, Doris Lessing, quien, de paso, escribiera un singular "Yo acuso" hace ya algunos años en la gran revista neoyorkina The New York Review of Books.

Ha sido tal el desastre de la gestión de este invitado de Chávez -un poseedor más de una réplica de la espada de Bolívar- que esa oposición fue creciendo y, lo más importante, asumió una tarea de "testigo activo". Ella, cada vez más fortalecida por el apoyo de las masas abandonadas a su suerte, no dejó de presentarse en cuanta elección se convocara, ni de reunir a los suyos en cualquier ocasión para enfrentar a una dictadura cada vez más brutal.

Por hacerlo ha sufrido lo indecible: lo último, la muerte "accidental" de la esposa de su líder, Moisés Tsvanguirai, cuando el automóvil en el que viajaban "sufrió" un accidente, amén de todo tipo de tropelías. Aún así, el criminal gobierno de Mugabe no logró impedir que la población le diera a la oposición su total respaldo en la última elección.

Fue tan descarado y violento el fraude que pretendió el régimen, que el reticente Tabo Mbeki, presidente entonces del poderoso vecino sudafricano, tuvo que intervenir para, en nombre de todos los africanos, imponer un acuerdo negociado. Mugabe fue obligado a compartir el poder con Tsvanguirai, quien ahora es el Primer Ministro. Ya los efectos se ven.

La gran lección de esa fenomenal oposición zimbabuense: la de estar siempre presente, aun arrostrando las más inverosímiles dificultades y penalidades, hasta que por fin consiguieron el triunfo resonante que parece salvará a Zimbabue. Ése, ése y no otro es nuestro camino: presentar batalla siempre, no abandonar nunca el campo al enemigo y hacernos presentes dondequiera que nos convoquen. O donde no nos esperan los depredadores. Para mostrarle a esta banda que así, así es que se les ganará la guerra a la que nos han llevado.

antave38@yahoo.com

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