
La actualidad política se recalienta y, después de meses de un inmovilismo que amenazaba con dejar en el desempleo a los analistas, en cuestión de días volvemos al maremágnum de la prestidigitación y el pronóstico.
Se barajan y reparten nuevamente las cartas, para comenzar la segunda mano del juego. En la primera mano, el Presidente y su partido comenzaron ganando diez a cero, y, probablemente todavía mareados por su arrollador triunfo en las elecciones generales del 2006, cometieron aquel error garrafal que les significó encajar diez goles: oponiéndose a las autonomías se hicieron empatar una partida que, de otro modo, podrían haber jugado con los ojos cerrados. La rearticulación de la derecha en torno al discurso autonomista es fruto de un autosabotaje del Presidente que le costó el gobierno, y que nos condujo de nuevo al empate catastrófico.
El 4 de mayo fue un atisbo de desempate que duró ´lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks´. La movida de Podemos en el Senado, llena de astucia criolla, parece responder a un cálculo político apresurado y ha sido ya calificada como una ´desinteligencia´ por las regiones y líderes de oposición, que creen que ha barrido la mesa antes de que puedan mostrar su póquer de ases. La apuesta abre escenarios futuros diversos y, a diferencia de lo que alega Podemos en su defensa, no cierra ninguno.
El referéndum revocatorio le da la oportunidad al Gobierno de sacar la cabeza de la jaula de las autonomías e intentar re-legitimar su poder en las urnas. Es posible que gane, que mande a casita a los prefectos de La Paz y Cochabamba, y que además perfore la Media Luna con una votación apreciable, y la posibilidad adicional de pelear las prefecturas de Tarija y Pando.
Por supuesto que también es posible que pierda, ante lo cual tendrá que afrontar un serio dilema, pues apuesto doble contra sencillo que cierta embajada ejercerá una presión decisiva en la derecha para fabricar una candidatura única que equilibre raza y región, que no evidencie lazos con el ancien régime, y que además tenga un airecillo de izquierdas (algo así como René Joaquino – Carlos Valverde). Ante esa alternativa, Morales tendrá que evaluar si vale la pena presentarse a la futura elección o si más bien conviene hacerse extrañar cinco años liderando una poderosa oposición desde la calle y el Congreso, que evite la restauración y que genere nuevamente las condiciones para retomar el proceso constituyente. Después de todo, queda claro que el MAS se ha recibido ya como un actor insustituible en la política nacional.
Si no ocurre ni una ni otra cosa y el referéndum reproduce el statu quo, para el Gobierno solamente tendría sentido si éste va acompañado del referéndum dirimidor y aprobatorio de la Constitución (con probables modificaciones y preguntas dirimitorias adicionales). El todo o nada le permitiría asegurar su legado político de una nueva Constitución, y justificaría el suplicio de terminar su gestión en una pulseta continua. La opción de fusionar ambos referendos parece estar abierta a la interpretación de las normas, pero conlleva el riesgo de ensuciar y deslegitimar el proceso con la anunciada pataleta de la oposición. Ese será el próximo capítulo de la telenovela, en el que saldrán a relucir purismos legales, olvidando el pasado inmediato de una crisis de Estado, en la cual ya varias veces se ha consensuado el forzamiento de las normas para evitar la debacle.
Habiendo tanto en juego, abróchese el cinturón y prepárese para una campaña turbia en la que no se escatimarán esfuerzos para generar miedo y zozobra.
*Ilya Fortún
es comunicador social.
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