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El carajal del CAC

El carajal del CAC

viernes 21 de noviembre de 2008, 13:14h

Habrá que hacer un ejercicio de fe, cristiana virtud que consiste en creer aquello que no vemos, para darle al Consell Audiovisual de Catalunya (CAC), sino un voto de confianza, sí una presunción de neutralidad y de eficiencia, al haber adjudicado la semana pasada 83 licencias de radio, dentro del ámbito de competencias legales que tiene el citado organismo.

Las adjudicaciones, como era de esperar, pusieron de los nervios a las cadenas radiofónicas de alcance estatal. Ninguna de ellas está contenta con el reparto, que incluía, por ejemplo, la retirada –legal, eso sí— de alguna concesión existente en beneficio de empresas novísimas en el sector. Ni uno solo de los grandes grupos de comunicación españoles (PRISA, Vocento, Grupo Zeta, COPE) está de acuerdo con la decisión del CAC. La escandalera montada, vía tertulias radiofónicas y/o comentarios editoriales, ha sido de aúpa. El lenguaje usado entre los que están a favor y los que están en contra ha sido de todo menos versallesco. Y lo que te rondaré morena, claro...

Lo cierto es que el CAC nace viciado de raíz. Y no por la adscripción partidista de sus miembros, que son nombrados por el Parlament de Catalunya, sino por el modelo radiofónico existente en el Principado. Y la cosa viene de lejos. De 1983, para ser exactos, cuando la Generalitat adjudicó su primer lote de emisoras. La adjudicación se dio como referencia un viernes, al final de una reunión del Consejo Ejecutivo de la Generalitat, mas, oh, maravilla, sin hacer pública la lista de las concesiones. Era el primer mandato de Jordi Pujol. Hasta la tarde del lunes siguiente no se hizo pública esa lista de los agraciados con los premios de la lotería radiofónica. Fue durante el fin de semana cuando Pujol, en su domicilio, hizo el reparto definitivo en función de las afinidades y rentabilidad informativa (ya se sabe, es de bien nacidos el ser agradecidos) para Convergència i Unió, garantizándose micrófonos libres y amistosos. Tres años después, este columnista constató, en conversación con Jaume Casajoana, (un histórico de CDC, fallecido el 31 de mayo de 2001) este extremo de la adjudicación domiciliaria, polémica en su día. “Había que hacerlo así”, dijo Casajoana, quien, de 1982 a 1984, fuera el director general de la que hoy es la Corporación Catalana de Radio y Televisión, en la actualidad Emissores de la Generalitat de Catalunya.

Es el Gobierno español, quien, por imperativo legal y convenios internacionales, fija y ordena el espacio radioeléctrico. Y es el propio Gobierno central quien, de acuerdo con el plan de emisoras de FM, adjudica a las Comunidades Autónomas sus diferentes segmentos territoriales. Y es el propio Gobierno central quien, desde 1982, con independencia del color político de los sucesivos inquilinos de la Moncloa, no muestra ningún interés en ampliar –que se puede—acompasándolo a los adelantos técnicos, el número de emisoras. Porque, y esta es otra, técnicamente caben más emisoras de FM en todo el espacio radioeléctrico peninsular, Y más que cabrían si se desempolvase lo de la Radio Digital Terrestre, que forzaría a las cadenas a inversiones adicionales en equipos de última generación.

Cataluña, CAC mediante, no es una excepción. Ni el Gobierno español, ni la Generalitat, hoy por hoy, están por la labor de ampliación del espacio radioeléctrico. De momento, tanto al uno como a la otra, ya les va bien así. Claro que con ello demuestran una miopía de muchísimas dioptrías. La Frecuencia Modulada, incluso en su versión RDT, está a medio telediario de quedarse obsoleta. Cada vez son más las emisoras radiofónicas virtuales que, vía Internet, ofrecen una programación diferenciada.  Y estas emisoras –tecnológicamente muy baratas--  no precisan de ningún tipo de licencia administrativa para emitir. No es que sean el futuro, son ya el presente. Ya están aquí. Y están para quedarse, como una oferta más dentro de lo que llamamos la Sociedad de la Información. Una reflexión que, se supone, deberían hacer las administraciones públicas.

[Estrambote radiofónico a cara de perro: es de todos conocido que con las cosas de comer no se juega. Axiomático. Sólo desde esta premisa se entiende el graneadísimo fuego cruzado, con artillería de grueso calibre, que intercambian los agraviados por la reciente decisión del CAC y los consejeros de este organismo. La obcecación y la cólera nunca han sido buenas consejeras. Y aquí el columnista muestra su profundo malestar. Que se peleen las empresas entre ellas. Que recurran la decisión como mejor en Derecho haya lugar. Que se olviden de las siempre vidriosas –suelen ser armas de doble filo— descalificaciones personales. Unos y otros. Y que los profesionales tengamos la radio en paz, coño]

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